¿Existir es Vivir?
Cómo lloré con esta minúscula pero potente poesía sobre el existencialismo! Ay…! Cuántos estamos solos aún en perpetua compañía…
Indiscutiblemente, el cine se trata de contar historias. A simple vista parece fácil, pero no todos lo logran, incluso despilfarrando producción. Pero hay honrosas excepciones. Esta historia es una de ellas: la de dos amigos de la infancia, Hirokuni Watari (Shunya Kaneko) y Kai Fukaya (Kouta Nomura), dos almas solitarias y dependientes que, por diversas razones, la vida se encargó de separar y que ahora, ya adultos, se reencuentran, aunque no menos rotos que en aquellos años en los que solo juntos eran felices.
Esta es una hermosa obra, íntima y minimalista, pero no por ello carente de profundidad; en donde la lágrima espera, pacientemente, como una suave brisa de otoño aguarda su ventana para desahogarse.
Es la historia de dos jóvenes extraviados: uno sin vida propia, esclavo de su trabajo; y el otro, eterno forastero, condenado a la servidumbre en gratitud, su único recurso. Ambos cargan con el mismo estigma: la soledad.
Kai trabaja en la tienda de comidas de un anciano que desde pequeño lo cobijó y le dio empleo. La gratitud de este fiel empleado no se sustenta solamente en el alojamiento y el trabajo: su permanencia en la rutina del viejo es su regalo por sentirse útil y necesitado.
De niño, sus compañeritos de juego solo se le acercaban por lástima, empujados por sus padres. Pero este los rechazaba, pues esa “servicial” comitiva solo le generaba vacío. Solo la compañía de un chico aceptó en su vida, aquel que solicitó su amistad a cambio de la suya.
Esta serie no desarrolla un romance convencional entre dos chicos. Aquí, dos jóvenes van construyendo su amor porque se necesitan. El mero acto de despertar a su compañero, preparar el desayuno o una buena cena, es la única forma que tiene Kai de aferrarse a la realidad de Hiro. Es una “gratitud” que esconde una necesidad desesperada de pertenencia.
Hiro es un adicto al trabajo. Padece de insomnio. Pero este último es una respuesta defensiva de su cuerpo o de su mente para no terminar el día. Mantenerse despierto, aunque sea en estado miserable, es su único acto de autonomía.
La llegada inesperada de Kai le devuelve sentido a su vida. Él viene a ocupar ese vacío existencial.
Hiro se ha entregado a la inercia de la rutina. Al trabajo agobiante de la oficina, rodeado de compañeros que no son más que mero relleno ruidoso, personajes secundarios de una soledad insana.
Pero un día el anciano benefactor se enferma gravemente y debe cerrar la tienda. Kai, canónicamente gay (antaño enamorado silencioso de Hiro), averigua la dirección de este último y reaparece en su vida pidiéndole alojamiento temporal. Le confiesa su condición sexual pero no lo avanza, respeta su heterosexualidad. Hiro —sin saberlo— le transmite una vez más la necesidad de su compañía. Y Kai va ocupando poco a poco ese espacio moribundo… cocinando, limpiando, transformando su desorden en un “hogar”.
De repente, estas dos almas crean un entorno doméstico protector ante un mundo exterior que los lastima o los ignora. Y comienzan a sentir que la vida tiene sentido, que le pertenecen a alguien que, a su vez, también les pertenece.
Me emociona mucho esto porque es un mal común. Muchas veces la vida va perdiendo el sentido y simplemente te entregas a la obligación, acompañado de gente, pero en extrema soledad.
Son solo seis capítulos de alrededor de media hora, dirigidos de manera exquisita, que necesitan verse de corrido. El guion es extremadamente simple y magnífico a la vez. La obra es introspectiva y poética. Cero estridencias, locaciones sencillas pero realistas. Acá no hay pochoclo. Acá hay poesía y, como tal, se marida con el corazón.
Si tuviera que criticar algo, sería su relación con el erotismo. Al respecto, surge cierta contradicción narrativa: la obra, aunque explícitamente casta, pide a gritos tensión física. Por qué es contradictoria? En el primer capítulo, cuando Kai ingresa a la vida adulta de Hiro, hay una escena más que interesante donde el primero masturba al segundo para facilitar su sueño. A mi criterio, esta escena podría haberse acompañado o explotado mostrando una mayor tensión erótica a lo largo de la serie, en lugar de eventuales e inocentes insinuaciones. En consecuencia, el final, lindo pero inocente, también hubiera merecido una carga mayor de sensualidad.
En su defecto, podrían haber optado por eliminar la escena sexual del comienzo, lo que hubiera borrado la expectativa vana del espectador, dándole mayor sentido al cariz de la obra de principio a fin.
Por supuesto, yo me hubiera inclinado por la primera opción, extendiéndola o desarrollándola un poco más (solo un poco). A diferencia de la mayoría de las obras del género, que pecan de largas y en consecuencia lentas, esta peca de corta. Pero, al fin y al cabo, supongo que su mayor pecado es, a su vez, su mayor virtud.
Indiscutiblemente, el cine se trata de contar historias. A simple vista parece fácil, pero no todos lo logran, incluso despilfarrando producción. Pero hay honrosas excepciones. Esta historia es una de ellas: la de dos amigos de la infancia, Hirokuni Watari (Shunya Kaneko) y Kai Fukaya (Kouta Nomura), dos almas solitarias y dependientes que, por diversas razones, la vida se encargó de separar y que ahora, ya adultos, se reencuentran, aunque no menos rotos que en aquellos años en los que solo juntos eran felices.
Esta es una hermosa obra, íntima y minimalista, pero no por ello carente de profundidad; en donde la lágrima espera, pacientemente, como una suave brisa de otoño aguarda su ventana para desahogarse.
Es la historia de dos jóvenes extraviados: uno sin vida propia, esclavo de su trabajo; y el otro, eterno forastero, condenado a la servidumbre en gratitud, su único recurso. Ambos cargan con el mismo estigma: la soledad.
Kai trabaja en la tienda de comidas de un anciano que desde pequeño lo cobijó y le dio empleo. La gratitud de este fiel empleado no se sustenta solamente en el alojamiento y el trabajo: su permanencia en la rutina del viejo es su regalo por sentirse útil y necesitado.
De niño, sus compañeritos de juego solo se le acercaban por lástima, empujados por sus padres. Pero este los rechazaba, pues esa “servicial” comitiva solo le generaba vacío. Solo la compañía de un chico aceptó en su vida, aquel que solicitó su amistad a cambio de la suya.
Esta serie no desarrolla un romance convencional entre dos chicos. Aquí, dos jóvenes van construyendo su amor porque se necesitan. El mero acto de despertar a su compañero, preparar el desayuno o una buena cena, es la única forma que tiene Kai de aferrarse a la realidad de Hiro. Es una “gratitud” que esconde una necesidad desesperada de pertenencia.
Hiro es un adicto al trabajo. Padece de insomnio. Pero este último es una respuesta defensiva de su cuerpo o de su mente para no terminar el día. Mantenerse despierto, aunque sea en estado miserable, es su único acto de autonomía.
La llegada inesperada de Kai le devuelve sentido a su vida. Él viene a ocupar ese vacío existencial.
Hiro se ha entregado a la inercia de la rutina. Al trabajo agobiante de la oficina, rodeado de compañeros que no son más que mero relleno ruidoso, personajes secundarios de una soledad insana.
Pero un día el anciano benefactor se enferma gravemente y debe cerrar la tienda. Kai, canónicamente gay (antaño enamorado silencioso de Hiro), averigua la dirección de este último y reaparece en su vida pidiéndole alojamiento temporal. Le confiesa su condición sexual pero no lo avanza, respeta su heterosexualidad. Hiro —sin saberlo— le transmite una vez más la necesidad de su compañía. Y Kai va ocupando poco a poco ese espacio moribundo… cocinando, limpiando, transformando su desorden en un “hogar”.
De repente, estas dos almas crean un entorno doméstico protector ante un mundo exterior que los lastima o los ignora. Y comienzan a sentir que la vida tiene sentido, que le pertenecen a alguien que, a su vez, también les pertenece.
Me emociona mucho esto porque es un mal común. Muchas veces la vida va perdiendo el sentido y simplemente te entregas a la obligación, acompañado de gente, pero en extrema soledad.
Son solo seis capítulos de alrededor de media hora, dirigidos de manera exquisita, que necesitan verse de corrido. El guion es extremadamente simple y magnífico a la vez. La obra es introspectiva y poética. Cero estridencias, locaciones sencillas pero realistas. Acá no hay pochoclo. Acá hay poesía y, como tal, se marida con el corazón.
Si tuviera que criticar algo, sería su relación con el erotismo. Al respecto, surge cierta contradicción narrativa: la obra, aunque explícitamente casta, pide a gritos tensión física. Por qué es contradictoria? En el primer capítulo, cuando Kai ingresa a la vida adulta de Hiro, hay una escena más que interesante donde el primero masturba al segundo para facilitar su sueño. A mi criterio, esta escena podría haberse acompañado o explotado mostrando una mayor tensión erótica a lo largo de la serie, en lugar de eventuales e inocentes insinuaciones. En consecuencia, el final, lindo pero inocente, también hubiera merecido una carga mayor de sensualidad.
En su defecto, podrían haber optado por eliminar la escena sexual del comienzo, lo que hubiera borrado la expectativa vana del espectador, dándole mayor sentido al cariz de la obra de principio a fin.
Por supuesto, yo me hubiera inclinado por la primera opción, extendiéndola o desarrollándola un poco más (solo un poco). A diferencia de la mayoría de las obras del género, que pecan de largas y en consecuencia lentas, esta peca de corta. Pero, al fin y al cabo, supongo que su mayor pecado es, a su vez, su mayor virtud.
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