Producción impecable, romance equivocado
Trin (Nattawin Wattanagitiphat, “Apo”) es un brillante e idealista académico formado en Francia, que regresa a su país natal, la Tailandia de 1969, impactada por el reciente e histórico suceso: el primer alunizaje del hombre en el satélite terrestre. Paralelamente, se suceden hechos de violencia fomentados por la corrupción y el autoritarismo del gobierno, en manos del ejército tailandés, en torno a la construcción de una central nuclear, lo que moviliza a un grupo de estudiantes a la incesante protesta y a la posterior represión. Este es el eje de esta obra, que no escatima recursos para el placer del espectador.
Ante todo, no dejaré nunca de agradecer este tipo de producciones, atrevidas, caras y arriesgadas, que enriquecen con elegancia, erotismo y atractivo visual la difusión de la diversidad sexual. Debo señalar que con este apasionante thriller romántico y sofisticado de época, en cierto modo, digno de Hollywood, teñido de política y clima declamatorio (aunque algo edulcorado), pude disfrutar del entretenimiento puro que supo aportar cada centavo de esta costosa —y por qué no, ostentosa— producción, que logró mantenerme en la butaca, degustando una excelente fotografía, un enorme trabajo de escenografía, vestuario, montaje, dirección y actuaciones profesionales.
Pero mi honestidad intelectual no me deja pasar por alto ciertos detalles que creo importantes: apostaron a la pareja equivocada. Guionaron un romance absolutamente amañado, al que le dieron protagonismo y continuidad con el mero afán —si se me permite el atrevimiento— de resaltar la dupla comercial de Apo (Trin) y Phakphum Romsaithong, “Mile” (Tanwa), construyendo una relación que se percibió artificial y vaga, sin un solo ápice de sustancia más que el exhibicionismo relativo de estos dos actores que, aunque buenos, aquí no lograron lucirse como en producciones anteriores. Debo reconocer que el romance que protagonizaron no me produjo el más mínimo interés.
Interés que sí, en cambio —y muy favorablemente— me despertó la sofisticada y prohibida relación, muy bien construida, de Krailert (Yuke Songpaisan, “Son”) y Naran (Yotsawat Tawapee, “Euro”), el poderoso vocero del ejército y el intrépido e incisivo periodista. No debe haber habido un solo espectador que no haya puesto su interés, ansiedad y expectativas en el desarrollo de esta pareja —mérito también de la obra—, que se devora el protagonismo eclipsando por completo a la pareja ¿principal?, interpretada por las populares estrellas del cine BL tailandés. Terminaron despreciando inexplicablemente el recurso más atractivo de esta interesante obra, otorgándole un valor secundario, un segundo puesto —que jamás se percibió como tal—. Tampoco lograron encender la chispa —que también, vale señalar, supieron provocar— con Víctor (Peter Deriy), el joven estudiante y activista mestizo que cultivó asimismo un amor (unilateral) hacia Trin, su profesor universitario. Derrocharon oro —creo humildemente— para desembocar en un final tan apresurado como cursi y en cierta medida estrafalario.
Debo resaltar además un detalle que abunda, me parece, de manera innecesaria: al respecto, podría comprender que la moda de aquel entonces incluya la “sofisticada” costumbre de fumar. Supongo que han querido imprimir un “aire” de realismo estético a la pantalla, pero se nota una exageración que francamente “ahuma” el guion, dándole al cigarrillo un protagonismo digno de un actor adicional, que se asemeja más a una apología del tabaquismo que a una costumbre de época.
Pero, en fin, aun con “defectos” y tropiezos vinculados a historias que —nobleza obliga señalar— la productora supo construir, no se puede evitar el aplauso que una vez más Be On Cloud logra para deleite del mundo queer.
Fernando R.
Exproductor
Ante todo, no dejaré nunca de agradecer este tipo de producciones, atrevidas, caras y arriesgadas, que enriquecen con elegancia, erotismo y atractivo visual la difusión de la diversidad sexual. Debo señalar que con este apasionante thriller romántico y sofisticado de época, en cierto modo, digno de Hollywood, teñido de política y clima declamatorio (aunque algo edulcorado), pude disfrutar del entretenimiento puro que supo aportar cada centavo de esta costosa —y por qué no, ostentosa— producción, que logró mantenerme en la butaca, degustando una excelente fotografía, un enorme trabajo de escenografía, vestuario, montaje, dirección y actuaciones profesionales.
Pero mi honestidad intelectual no me deja pasar por alto ciertos detalles que creo importantes: apostaron a la pareja equivocada. Guionaron un romance absolutamente amañado, al que le dieron protagonismo y continuidad con el mero afán —si se me permite el atrevimiento— de resaltar la dupla comercial de Apo (Trin) y Phakphum Romsaithong, “Mile” (Tanwa), construyendo una relación que se percibió artificial y vaga, sin un solo ápice de sustancia más que el exhibicionismo relativo de estos dos actores que, aunque buenos, aquí no lograron lucirse como en producciones anteriores. Debo reconocer que el romance que protagonizaron no me produjo el más mínimo interés.
Interés que sí, en cambio —y muy favorablemente— me despertó la sofisticada y prohibida relación, muy bien construida, de Krailert (Yuke Songpaisan, “Son”) y Naran (Yotsawat Tawapee, “Euro”), el poderoso vocero del ejército y el intrépido e incisivo periodista. No debe haber habido un solo espectador que no haya puesto su interés, ansiedad y expectativas en el desarrollo de esta pareja —mérito también de la obra—, que se devora el protagonismo eclipsando por completo a la pareja ¿principal?, interpretada por las populares estrellas del cine BL tailandés. Terminaron despreciando inexplicablemente el recurso más atractivo de esta interesante obra, otorgándole un valor secundario, un segundo puesto —que jamás se percibió como tal—. Tampoco lograron encender la chispa —que también, vale señalar, supieron provocar— con Víctor (Peter Deriy), el joven estudiante y activista mestizo que cultivó asimismo un amor (unilateral) hacia Trin, su profesor universitario. Derrocharon oro —creo humildemente— para desembocar en un final tan apresurado como cursi y en cierta medida estrafalario.
Debo resaltar además un detalle que abunda, me parece, de manera innecesaria: al respecto, podría comprender que la moda de aquel entonces incluya la “sofisticada” costumbre de fumar. Supongo que han querido imprimir un “aire” de realismo estético a la pantalla, pero se nota una exageración que francamente “ahuma” el guion, dándole al cigarrillo un protagonismo digno de un actor adicional, que se asemeja más a una apología del tabaquismo que a una costumbre de época.
Pero, en fin, aun con “defectos” y tropiezos vinculados a historias que —nobleza obliga señalar— la productora supo construir, no se puede evitar el aplauso que una vez más Be On Cloud logra para deleite del mundo queer.
Fernando R.
Exproductor
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